Salud mental en jóvenes: la otra pandemia que aún cuesta mirar de frente

 


Como profesor y director de un instituto en La Rioja, tengo la suerte, el privilegio —y la responsabilidad— de trabajar cada día con adolescentes. Y digo “suerte” y “privilegio” porque educar es una de las tareas más nobles que existen. Pero también digo “responsabilidad” porque hoy, más que nunca, los centros educativos somos testigos directos de una realidad profunda y preocupante: la salud mental de nuestros jóvenes está en crisis.

Lo que hasta hace unos años podía considerarse un asunto puntual, hoy se ha vuelto estructural. Aumentan los casos de ansiedad, depresión, trastornos de conducta alimentaria, autolesiones e ideación suicida entre adolescentes. Y lo más alarmante es que muchas veces todo esto ocurre en silencio, sin que nos demos cuenta, o sin que sepamos muy bien cómo actuar.

No es que antes no existiera el sufrimiento emocional, pero hoy tiene una magnitud distinta. Vivimos en una sociedad acelerada, hiperconectada y con altas exigencias de rendimiento. Nuestros jóvenes crecen con una presión constante por encajar, por rendir, por destacar, y muchas veces sin las herramientas emocionales necesarias para gestionar ese peso. Y en ese contexto, la escuela se convierte en el lugar donde todo se manifiesta: crisis de ansiedad en clase, absentismo encubierto, cambios bruscos de comportamiento, desmotivación generalizada.

Desde nuestra posición, lo vemos cada día. Lo comentan los tutores, lo enfrentan los departamentos de orientación, lo consultan las familias. También lo notamos en conversaciones informales, en miradas que se apagan, en frases que dejan entrever un malestar profundo. A veces, hay gritos de ayuda evidentes. Otras, un silencio que pesa más que las palabras.

Por eso queremos poner en valor el esfuerzo que ya se está haciendo desde las administraciones. Este año, el Grupo PRISMA (Programa Riojano de Investigación en Salud Mental) de la Universidad de La Rioja, con el apoyo del Gobierno de La Rioja, ha puesto en marcha el primer programa de promoción de la salud mental y prevención de la conducta suicida en nuestra comunidad, con un pilotaje en ocho centros. “PositivaMente”, que así se llama el programa, no es solo un gesto simbólico, sino un compromiso real que reconoce que la salud mental juvenil es un asunto urgente, y que debe abordarse con recursos, coordinación y voluntad política.

Se trata de un paso valiente. Hablar de salud mental —y especialmente de suicidio— sigue siendo difícil en muchos entornos. Durante demasiado tiempo se ha tratado como un tabú, incluso dentro de las propias familias. Pero hoy, por fin, empezamos a abrir el debate, a dejar de mirar para otro lado, a construir espacios donde los jóvenes puedan expresarse sin miedo ni juicio.

Ahora bien, también quiero ser claro: aunque valoramos profundamente este tipo de iniciativas —que ojalá se consoliden y crezcan—, no podemos bajar la guardia. Aún queda mucho por hacer. Necesitamos más profesionales en los centros educativos, más formación específica para el profesorado, y sobre todo, más tiempo y recursos para atender al alumnado no solo desde lo académico, sino también desde lo emocional.

Es fundamental que la salud mental deje de considerarse una cuestión exclusivamente sanitaria. Es un tema educativo, familiar, social y cultural. Y como tal, requiere respuestas integrales. No se trata solo de intervenir cuando el problema ya ha estallado, sino de prevenir, de educar en inteligencia emocional, en autocuidado, en empatía. De enseñar a nuestros chicos y chicas que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de valentía.

También tenemos que acompañar a las familias en este proceso. Muchos padres y madres se sienten desbordados, culpables o simplemente no saben cómo actuar ante ciertos comportamientos. Necesitamos tender puentes, escuchar sin juzgar y construir comunidad. La salud mental de nuestros jóvenes no es solo responsabilidad de los centros escolares o del sistema de salud. Es responsabilidad de todos, y así lo llevamos a la práctica a través de nuestras escuelas de familia.

En definitiva, estamos ante una realidad compleja y dolorosa, pero no irresoluble. La buena noticia es que estamos empezando a mirarla de frente. Que hay docentes comprometidos, instituciones y asociaciones que se implican, jóvenes que se atreven a hablar y familias que empiezan a escuchar. Es un camino largo, sí, pero ya lo hemos empezado a recorrer.

Y si algo me queda claro cada día que cruzo la puerta de mi centro, es que nuestros adolescentes necesitan algo más que libros y exámenes. Necesitan sentirse seguros, escuchados, acompañados. Necesitan saber que no están solos. Y para eso, no basta con buenas intenciones: hacen falta políticas valientes, recursos sostenidos, y una sociedad que entienda que cuidar la salud mental no es un lujo, sino una urgencia.

A pesar de todo, quiero cerrar estas líneas con esperanza. Porque también veo cada día pequeños gestos que marcan la diferencia: un alumno que se anima a pedir ayuda, una tutora que detecta a tiempo una señal de alarma, una familia que decide escuchar sin juzgar. Porque sé que cuando trabajamos unidos —docentes, administraciones, familias y sociedad—, somos capaces de construir entornos más seguros, más humanos y más conscientes. Y porque estoy convencido de que hablar de salud mental no es una señal de que todo va mal, sino una muestra de que, por fin, estamos empezando a hacerlo bien.

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