El espejismo terapéutico del cannabis, una advertencia desde las aulas

 


Cada día, desde mi posición como profesor de enseñanza secundaria, observo con preocupación cómo el consumo de cannabis se abre paso entre nuestros adolescentes con una normalidad inquietante. Muchos lo ven como algo inofensivo, incluso “natural”, alentados por una percepción social que lo presenta como menos peligroso que otras drogas. A menudo, cuando hablo con ellos, descubro que desconocen por completo los riesgos reales. Detrás de esa aparente ligereza se esconde una trampa que, poco a poco, atrapa a muchos jóvenes, afectando a su salud mental, su rendimiento académico y su capacidad de construir un proyecto de vida estable.

El reciente Real Decreto que aprueba el uso terapéutico del cannabis en España ha sido recibido con un respaldo generalizado por parte de expertos y profesionales de la salud. Nadie discute su valor como medida médica, necesaria y regulada, que puede aliviar el sufrimiento de personas con determinadas patologías bajo estricto control hospitalario. Pero junto a ese reconocimiento, se impone la prudencia. No podemos ignorar el riesgo de que esta regulación sea interpretada de manera superficial por los más jóvenes, quienes podrían confundir los fines terapéuticos con una supuesta “inocencia” del consumo recreativo. La diferencia entre un uso médico y un uso recreativo es abismal, y ese matiz —tan evidente para un adulto informado— puede perderse fácilmente en la lectura rápida de un titular o en el mensaje distorsionado de las redes sociales.

El consumo de cannabis puede dar lugar a varios tipos de trastornos mentales, entre los que se incluyen los trastornos psicóticos. Su consumo aumenta más de cinco veces el riesgo de padecer psicosis a lo largo de la vida. Cuanto antes se comienza a consumir y más frecuente es el consumo, mayor es el riesgo. En el contexto escolar, los efectos son visibles: dificultades de concentración, apatía, falta de motivación, absentismo, y en algunos casos, conductas de aislamiento o ansiedad. Son señales que los docentes reconocemos y que, lamentablemente, van en aumento.

Su consumo puede arruinar la vida de una persona joven. Es una constatación científica, no una exageración. Muchas familias ya lo saben porque, por desgracia, lo han vivido de cerca. Lo que empieza como una experiencia aparentemente inocua puede acabar con problemas de adicción y con efectos graves sobre la salud, los estudios y las relaciones personales. No se puede minimizar esta realidad, ni frivolizar con ella como si fuera un simple choque ideológico entre izquierdistas y conservadores. Hablamos de un problema transversal que afecta a jóvenes de todos los entornos y sensibilidades, y que exige una respuesta común basada en la educación, la prevención y el acompañamiento.

Por eso, es fundamental que las políticas públicas y las iniciativas sociales sitúen la prevención en el centro. En las aulas, debemos hablar del cannabis sin miedo, con datos, con ejemplos reales, con un lenguaje claro y empático. Los jóvenes no necesitan sermones, necesitan información y adultos coherentes que sepan escuchar, orientar y poner límites desde el respeto. La prevención no empieza con un cartel o una charla, sino con un clima educativo que fomente el sentido crítico, la autoestima y la capacidad de tomar decisiones conscientes. Educar en el valor del autocuidado es una forma de protegerlos.

En esta tarea, el papel de las asociaciones que trabajan en el ámbito de las adicciones, como Proyecto Hombre La Rioja o ARAD (Asociación Riojana para la Atención a personas con problemas de Drogas), es fundamental. Su labor silenciosa y constante merece un reconocimiento mayor. Gracias a su experiencia y compromiso, cientos de jóvenes y familias encuentran orientación, apoyo y una oportunidad de rehacer su vida. Pero su labor no debería ser el último recurso cuando el problema ya está instaurado, sino parte de una red preventiva que actúe desde la escuela, la comunidad y las instituciones. Prevenir siempre será más humano, más eficaz y menos doloroso que curar.

Como sociedad, no podemos mirar hacia otro lado. La salud mental de nuestros adolescentes se está resintiendo, y el consumo de cannabis es un factor más que agrava ese malestar general. Normalizarlo o banalizarlo es un error que pagaremos todos, porque cada joven que pierde el rumbo por una adicción representa un fracaso colectivo. La educación tiene la capacidad —y la responsabilidad— de anticiparse, de generar conciencia, de ofrecer alternativas reales. En ello nos jugamos mucho más que un debate político o sanitario: nos jugamos el futuro emocional y vital de una generación que necesita referentes claros y adultos comprometidos.

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