El valor cultural de la Navidad en la escuela
En los últimos años, la
Navidad en la escuela se ha convertido en un tema de debate. Algunos defienden
mantenerla como siempre; otros reclaman suavizar su presencia para evitar
posibles sensibilidades. Y, en medio de esta incertidumbre, surgen incluso
iniciativas que proponen sustituir la Navidad por celebraciones como el
solsticio de invierno, como si renombrar una tradición pudiera resolver
cualquier discrepancia. Pero esa sustitución no es neutral, supone desvirtuar
una parte fundamental de nuestra identidad cultural. La Navidad forma parte de
nuestro patrimonio europeo desde hace siglos, y la escuela no solo puede
celebrarla, tiene la responsabilidad de hacerlo con claridad y con orgullo. Por
eso no debemos ocultarla bajo expresiones neutras como “Felices fiestas”, ni
reemplazarla por festividades impostadas. Decir “Feliz Navidad” es reconocer un
legado que pertenece a todos.
La idea de que nombrar la
Navidad excluye es, en realidad, una simplificación. La verdadera inclusión no
consiste en borrar tradiciones ni en disfrazarlas bajo términos supuestamente
universales, sino en explicarlas, comprenderlas y ponerlas en diálogo con otras
celebraciones presentes en la comunidad escolar. La escuela debe ser un espacio
donde los alumnos aprendan a conocer su cultura sin miedo, y al mismo tiempo
descubran las de los demás. Convertir la Navidad en un genérico “solsticio de
invierno” no promueve la convivencia, promueve únicamente el vacío cultural.
En La Rioja, esta cuestión
adquiere un sentido especial. Nuestra comunidad conserva un conjunto de
manifestaciones navideñas que representan un patrimonio vivo: las auroras de
Navidad, que aún resuenan en algunos pueblos al amanecer; los romances
navideños, transmitidos oralmente como parte de la memoria de nuestro pueblo;
los cantos de rondas y las danzas de los pastores, expresiones festivas que aún
llenan de música y tradición nuestros municipios. Renunciar a transmitir estas
prácticas a nuestro alumnado sería renunciar a una parte esencial de nuestra
identidad riojana.
A estas tradiciones se
suman los belenes, auténticas obras de arte popular que cada año ocupan iglesias,
centros culturales y plazas públicas; y los mercadillos navideños, espacios de
encuentro comunitario con profundas raíces europeas. Todas ellas constituyen
recursos pedagógicos de enorme valor que permiten trabajar historia, arte,
música, patrimonio cultural y convivencia. Cuando un niño o un joven participa
en una aurora, canta un romance o monta un belén en familia, no está solo
celebrando una fiesta: está aprendiendo quién es, de dónde viene su comunidad y
qué legado recibe.
Frente a quienes sostienen
que la Navidad debe diluirse para no molestar, conviene recordar que la
pluralidad no nace de eliminar identidades, sino de respetarlas. La escuela
puede celebrar la Navidad sin dejar de reconocer otras festividades presentes
en las familias del alumnado. El conocimiento mutuo solo es posible cuando
partimos de tradiciones reales, no de sustituciones artificiales. Enseñar
nuestras costumbres —y aprender las de otros— fortalece la convivencia.
Por ese motivo preocupa
la tendencia a eliminar o disfrazar la palabra “Navidad”, e incluso a
sustituirla directamente por la del solsticio de invierno. No es una muestra de
respeto, sino una forma de renuncia cultural. El lenguaje es memoria, y borrar
la Navidad del calendario escolar supone contribuir a la pérdida de una
tradición europea que nos ha acompañado durante siglos. Si la escuela renuncia
a su propia herencia cultural, ¿cómo va a educar en el respeto hacia la
diversidad?
En tiempos en los que lo
inmediato parece imponerse sobre lo profundo, es más necesario que nunca
reivindicar el valor de la tradición. La Navidad es parte de nuestra identidad
europea, española y riojana. No es un adorno estacional ni una fórmula vacía:
es un legado que ha moldeado la convivencia, la cultura y la memoria de
nuestras comunidades.
Por todo ello, la escuela
debe celebrarla, explicarla y transmitirla sin complejos. Porque defender la
Navidad no es excluir a nadie: es ofrecer a nuestros estudiantes raíces sólidas
desde las que mirar el mundo con apertura. Y por eso, hoy más que nunca,
debemos decirlo con convicción y sin disfrazar su nombre: Feliz Navidad.

Comentarios
Publicar un comentario