Educación y servicios: la llave del futuro de nuestros pueblos
La Rioja es un territorio singular, una tierra de contrastes que
combina la vitalidad de sus ciudades con el valor patrimonial, cultural y
natural de sus pueblos. En ellos se encuentra un modo de vida que muchos
identifican con tranquilidad, cercanía y calidad humana, pero que al mismo
tiempo enfrenta una amenaza real y persistente: la despoblación. Más de la
mitad de los municipios riojanos no llega al centenar de habitantes y cada año
la sangría demográfica se repite, dejando tras de sí calles vacías, casas
cerradas y servicios cada vez más frágiles. El debate no puede aplazarse más: o
convertimos el medio rural en un lugar habitable con los mismos derechos que en
las ciudades, o asumimos la resignación de verlo desaparecer poco a poco.
La clave está en los servicios. Ni discursos grandilocuentes ni
planes llenos de siglas serán suficientes si en la vida cotidiana faltan
colegios abiertos, transporte escolar seguro, centros de salud con personal
estable, cobertura digital de calidad y algo tan elemental como un banco o una
tienda cercana. El concepto de “España vaciada” ha servido para visibilizar un
problema, pero quedarse en el lema no basta. Sin servicios básicos, cualquier
estrategia rural se convierte en papel mojado, porque las familias necesitan
certezas y no promesas.
La educación se erige como pilar fundamental. No hablamos
únicamente de enseñar contenidos, sino de garantizar que la comunidad se
mantenga viva. Los Centros Rurales Agrupados (CRAs) y las secciones de
institutos de secundaria son el motor que evita que los pueblos queden
reducidos a residencias de fin de semana. Una familia con niños difícilmente se
instalará en un lugar donde no haya colegio, y cuando un aula se cierra, el pueblo
se apaga un poco más. La Rioja ha sabido innovar con un modelo que agrupa
alumnado de varias localidades para adaptarse a la dispersión geográfica, pero
este esfuerzo exige un compromiso permanente: profesorado estable, transporte
seguro, digitalización real y proyectos educativos que atraigan y motiven.
Defender la educación rural no es pedir un trato de favor, es reivindicar la
igualdad de derechos de quienes deciden vivir en el campo.
El reto, además, no puede recaer únicamente en los ayuntamientos.
La Ley de Bases de Régimen Local establece qué servicios son obligatorios, pero
la mayoría de municipios pequeños carece de medios para cumplirlos. Ahí resulta
imprescindible la acción del Gobierno de La Rioja, en coordinación con las
administraciones estatal y europea. Solo a través de esa cooperación puede
garantizarse que la sanidad llegue a todos los rincones, que las carreteras y
el transporte escolar funcionen y que la digitalización no sea un privilegio
exclusivo de las cabeceras de comarca. Hablar de despoblación sin hablar de
coordinación institucional es condenar el problema a un círculo vicioso de
promesas incumplidas.
Los servicios privados, con frecuencia olvidados, son también
determinantes. De poco sirve tener buena conexión a Internet si no existe un
cajero automático para que los mayores puedan cobrar su pensión o si el
comercio más cercano está a veinte kilómetros. La administración debe jugar un
papel activo para evitar que bancos, operadores de telecomunicaciones y
pequeñas empresas den la espalda al mundo rural. Experiencias como las oficinas
bancarias móviles, o las tiendas multiservicio apoyadas por los propios
ayuntamientos demuestran que sí hay fórmulas para garantizar un mínimo de
servicios, siempre que se combine voluntad política y creatividad empresarial.
En los últimos años, el Gobierno de La Rioja ha impulsado
proyectos que apuntan en la buena dirección. Se han reforzado los CRAs, con la
actualización de una nueva Orden que regula su organización y funcionamiento, se
han mejorado los servicios de comedor y transporte escolar y se ha planificado
un plan para la instalación de cajeros automáticos en pequeños municipios.
Programas como La Rioja Rural Conecta o Digitalízate con La Rioja buscan formar
en competencias digitales a jóvenes, mayores y colectivos vulnerables, mientras
que medidas como el Carné Rioja Joven Rural, que permitirá a los menores de 25
años viajar gratis en autobuses interurbanos, suponen un incentivo real para
facilitar la movilidad y la conexión entre pueblos, cabeceras de comarca y
ciudades. Por otra parte, el Plan REVIVE supone una excelente iniciativa que
concede ayudas económicas para favorecer el acceso de las personas jóvenes a su
vivienda habitual en el medio rural, haciendo más atractivo instalarse en los
pueblos riojanos.
Estas iniciativas muestran que es posible avanzar cuando hay
voluntad política y colaboración institucional, pero también dejan claro que la
clave está en la continuidad. No basta con proyectos piloto o con medidas
aisladas: hace falta un compromiso sostenido en el tiempo que llegue a todos
los municipios, porque de nada sirve que unos pueblos avancen si otros quedan a
la deriva. La Rioja, por su tamaño y cohesión territorial, tiene la oportunidad
de convertirse en un laboratorio de políticas rurales innovadoras. Si se
refuerza la red educativa, se garantiza el acceso a servicios básicos y se
aprovecha la digitalización, puede convertirse en un modelo de referencia en
España.
La despoblación no es una fatalidad inevitable, sino la consecuencia
directa de decisiones políticas y sociales, o de la ausencia de ellas. Y
precisamente por eso puede revertirse. Educación y servicios constituyen la
llave para que un pueblo sea habitable o quede condenado al abandono. La
pregunta ya no es qué pasa si no actuamos, porque lo estamos viendo: casas
cerradas, aulas vacías, negocios que echan la persiana. La pregunta es si
estamos dispuestos a cambiarlo.
El dilema está servido y no admite excusas: o construimos pueblos
vivos, con servicios y oportunidades, o nos resignamos a contemplar cómo se
convierten en tierras de silencio. La Rioja cuenta con programas, recursos y
voluntad política, pero la verdadera medida del éxito será la capacidad de
todos —administraciones, empresas y ciudadanos— para sumar esfuerzos. Porque el
futuro del medio rural no se gana en los discursos, sino en las decisiones que
permiten que cada día un vecino más decida quedarse.

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