Miguel Ángel Blanco y la memoria que no debemos olvidar
Como profesor de Geografía e Historia en secundaria y
bachillerato, una de nuestras tareas más complejas —y más necesarias— es
enseñar el valor de la memoria democrática. No se trata solo de transmitir
datos, fechas o nombres, sino de dotar a nuestros jóvenes de herramientas para
entender el pasado reciente y el presente en el que viven. Por eso, cada vez
que en clase abordamos la historia del terrorismo en España, me doy cuenta de
hasta qué punto el asesinato de Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997, se está
desdibujando en la conciencia colectiva de las nuevas generaciones. Y eso,
sinceramente, debería preocuparnos.
Miguel Ángel Blanco fue secuestrado y asesinado por ETA con un
objetivo claro: doblegar al Estado mediante el terror. Tenía 29 años y era
concejal del Partido Popular en Ermua. Su ejecución, tras 48 horas de ultimátum
y angustia nacional, desató una reacción ciudadana sin precedentes. Aquel
clamor espontáneo —el llamado “espíritu de Ermua”— representó un antes y un
después en la respuesta social al terrorismo. Por primera vez, el miedo fue
superado por la unidad, la dignidad y la defensa pública de la vida y la
democracia.
Ese momento de conciencia colectiva debería ocupar un lugar central
en la memoria democrática de nuestro país. Y sin embargo, casi tres décadas
después, su recuerdo se encuentra cada vez más relegado al ámbito institucional
o partidista, cuando debería formar parte del patrimonio cívico común. No se
trata de hacer propaganda, sino pedagogía.
Por fortuna, hay instituciones que trabajan para que esto no se
olvide. La Fundación Miguel Ángel Blanco lleva años realizando una labor
admirable de preservación de la memoria y concienciación social. Gracias a sus
exposiciones, materiales educativos y actos conmemorativos, miles de
ciudadanos, especialmente jóvenes, pueden acercarse a la figura de Miguel Ángel
y comprender el contexto en el que vivió y murió. Su labor pone rostro a las
víctimas y humaniza el relato, alejándolo tanto del olvido como de la
simplificación.
Del mismo modo, la Fundación Centro para la Memoria de las
Víctimas del Terrorismo (FCMVT), con sede en Vitoria, desempeña un papel
fundamental en la construcción de una memoria plural, rigurosa y digna. Con un
enfoque histórico y pedagógico, promueve el reconocimiento a todas las víctimas
del terrorismo, sin importar su origen político o ideológico, y denuncia la
violencia como herramienta de imposición. Es un espacio necesario para la
reflexión, el aprendizaje y la justicia, así como de difusión de los valores
democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo.
Ambas instituciones entienden lo que desde la educación también
defendemos que la memoria no es solo un derecho de las víctimas, sino un deber
colectivo. Recordar no es abrir heridas, es evitar que se repitan. Es enseñar
que la democracia se construye con valores firmes y con el rechazo frontal a la
violencia. Es mostrar que hay vidas que fueron truncadas simplemente por
representar la libertad de elección, la pluralidad política o el compromiso
cívico.
En La Rioja también tenemos nuestra parte en esta historia. Aunque
la violencia terrorista se vivió con mayor crudeza en otras regiones, también
aquí hubo víctimas, y también aquí el compromiso con la democracia se expresó
con fuerza. La memoria democrática no entiende de fronteras autonómicas, es un
proyecto nacional de justicia, dignidad y de conciencia.
Por eso, y con la colaboración de la Asociación Riojana de
Víctimas del Terrorismo (ARVT), desde las aulas riojanas, debemos hacer un
esfuerzo por incorporar estos relatos a la formación de nuestros alumnos. No
como dogmas ni como discursos ideológicos, sino como lecciones de vida y de
historia. Miguel Ángel Blanco no debe ser recordado solo como una víctima, sino
como un símbolo de aquello que la sociedad no toleró. Enseñar su historia es
enseñar el valor del compromiso cívico frente al fanatismo. Es enseñar que la
unidad puede vencer al miedo.
Hoy, cuando el ruido político amenaza con desgastar consensos
básicos, la educación en memoria se vuelve más urgente que nunca. No podemos
permitir que la figura de Miguel Ángel Blanco quede arrinconada por el paso del
tiempo o por la incomodidad política. Su nombre pertenece al patrimonio
democrático de este país. Y, como tal, debe ocupar un lugar en la memoria que
educa, en la historia que se enseña, y en la conciencia que protege lo que
hemos construido juntos.
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