30 de enero: Educar para la paz en un mundo de conflictos
Cada 30 de enero se
conmemora el Día Escolar de la Paz y la No Violencia. En los centros educativos
de La Rioja, como en tantos otros lugares, esta fecha se traduce en actividades
que apelan al respeto, la convivencia y el diálogo. Sin embargo, en el contexto
internacional actual, esta conmemoración invita menos a la celebración que a la
reflexión. Resulta difícil hablar de paz cuando la violencia ocupa un lugar
central en la agenda informativa y cuando los conflictos armados se han
convertido, para muchos, en un ruido de fondo casi permanente.
Desde nuestras aulas,
aparentemente alejadas de los grandes escenarios de guerra, el alumnado no vive
ajeno a esta realidad. A través de los medios de comunicación y, sobre todo, de
las redes sociales, los jóvenes conviven a diario con imágenes de sufrimiento y
destrucción. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa causando miles de
víctimas y desplazados, y en el proceso se vulneran derechos humanos fundamentales
de manera sistemática. El prolongado conflicto entre Palestina e Israel
continúa impactando de manera profunda la vida de la población civil palestina,
mientras las violaciones a derechos fundamentales se repiten de forma
persistente. A ello se suman las tensiones en torno a Irán, donde su gobierno continúa
reprimiendo con violencia a la población, utilizando fuerza letal, detenciones
arbitrarias y apagones de comunicación para silenciar a quienes protestan por
sus derechos y libertades fundamentales, en un patrón persistente de graves
violaciones de derechos humanos.
Existen también conflictos que apenas ocupan
espacio en los titulares y que, sin embargo, tienen consecuencias devastadoras
y violan los derechos humanos de millones de personas. En Sudán, Etiopía,
Somalia, la República Democrática del Congo y Nigeria, los conflictos y la
violencia han generado desplazamientos, abusos sistemáticos y vulneración de
derechos fundamentales. A esto se suman la represión en Myanmar y la grave
situación en Afganistán, donde los derechos humanos, especialmente de mujeres y
niñas, han retrocedido alarmantemente. Y no podemos olvidar a Venezuela, donde,
y pese a la captura de Nicolás Maduro y a la intervención estadounidense, la
situación de derechos humanos sigue siendo crítica. El gobierno interino venezolano
mantiene a un gran número de personas encarceladas por motivos políticos,
mientras que aquellos que han sido liberados representan apenas una mínima parte.
La comunidad internacional sigue denunciado detenciones arbitrarias,
desapariciones forzadas y la represión sistemática de opositores y defensores
de derechos humanos, evidenciando un patrón persistente de violaciones a las
libertades fundamentales.
Ante este panorama, cabe
preguntarse qué sentido tiene seguir hablando de paz desde la educación, y
hacerlo además desde una comunidad como la nuestra, aparentemente ajena a estos
conflictos. La respuesta no es sencilla, pero sí necesaria. Educar para la paz
no significa ofrecer una visión ingenua del mundo ni transmitir mensajes
tranquilizadores que ignoren la gravedad de la situación. Al contrario, implica
reconocer la existencia de los conflictos, analizar críticamente cómo afectan a
la dignidad y los derechos de las personas, y ayudar a comprender sus causas profundas.
La paz no es solo la ausencia de guerra; es también justicia social, respeto a
los derechos humanos y capacidad de diálogo.
La escuela riojana, como
cualquier otra, no puede poner fin a los conflictos internacionales ni cambiar
por sí sola el rumbo de la historia. Pero sí puede desempeñar un papel decisivo
en la formación de ciudadanos críticos, capaces de cuestionar la violencia como
única respuesta y de rechazar los discursos de odio y la deshumanización del
otro. En un tiempo marcado por la polarización y la simplificación del debate
público, educar en el pensamiento crítico y en el respeto a la diferencia es,
en sí mismo, una responsabilidad cívica de primer orden.
Desde las aulas se
aprende —o se debería aprender— a discrepar sin agredir, a escuchar antes de
juzgar y a comprender que los conflictos, tanto los cercanos como los lejanos,
no se resuelven mediante la imposición o la fuerza. Son aprendizajes modestos
en apariencia, pero esenciales para la convivencia democrática. Sin ellos,
cualquier discurso sobre la paz queda vacío.
Es cierto que las nuevas
generaciones heredan un mundo convulso, lleno de conflictos no resueltos y de
vulneraciones continuas de derechos humanos. Pero también es cierto que cuentan
con una conciencia cada vez más global, un acceso a la información sin
precedentes y una sensibilidad creciente hacia cuestiones como la igualdad y la
justicia social. La esperanza no reside en un optimismo ingenuo, sino en la
posibilidad de que la educación —también desde territorios pequeños como el
nuestro— contribuya a canalizar estas herramientas de forma crítica y
responsable.
El Día de la Paz no
debería ser un gesto simbólico ni una cita rutinaria en el calendario escolar.
Debería servir para recordar que la paz no se construye con consignas, sino con
educación, compromiso y responsabilidad colectiva. En un mundo atravesado por
guerras, violencia y continuas violaciones de derechos humanos, educar para la
paz desde La Rioja no es una utopía: es una necesidad urgente y una apuesta
razonable por un futuro distinto.

Comentarios
Publicar un comentario